JAUME MARTÍ "EL CAMELO"
Jaime Martí, “el Camelo”, es un hombre de mi edad, de familia muy humilde. Es el más pequeño de cinco hermanos. Muy sencillo, decidido, simpático y honrado, como todos sus hermanos. Cuando éramos niños, era el foco de atención de todos los vecinos y amigos, por su sencillez e inocencia. Tenía salidas de perfecto paleto, como los cómicos de las películas. Que hablan en serio, pero causan risa a “los que somos más listos que ellos”. Cuando tuvo que cumplir con el Servicio Militar, le destinaron a Paterna.
Según nos contaba a un grupo de amigos, el día que ingresó, se salió de la fila y se dirigió al sargento preguntándole en valenciano:
“¡Tío!, ¿a´on está la aixeta, p´a veure aigua? (¿Dónde está el grifo para beber agua?)
El sargento se puso furioso y le obligó a incorporarse a la fila, sin atender su petición. El sargento le pedía “que hablase en cristiano”, pero Jaime sólo sabía hablar en puro valenciano.
Ese fue el principio, pero así se pasó todo el periodo hasta que se licenció. Arrestos, los tenía todos. La tercera imaginaria, la tenía comprometida mientras sirviese en el ejército, en exclusiva para él.
Cuando pedían un albañil, para librarse de los arrestos, daba un paso al frente, y decía que él sabía de albañil. Le pidieron que hiciese un tabique. Lo realizó y enlució, él sólo, sin la ayuda de nadie, porque decía que él no necesitaba ayudantes, y cuando el sargento se apoyó sobre el tabique, se desplomaron al suelo, tabique y sargento. Los dos juntos. No le había hecho agarres a los laterales.
En otra ocasión, pidieron un pintor para pintarle el chalet al capitán. Salió voluntario diciendo que él era pintor, “y de los mejores”. Por supuesto, que lo que buscaba era librarse de los arrestos que se le acumulaban y no daba abasto.
El capitán de la compañía se lo llevó al chalet que tenía en la Cañada y le pidió que se lo pintara. Le fue explicando cómo quería que le dejase las habitaciones, la terraza y todo lo demás. Cuando estuvo informado, le dijo al capitán que “aquello estaba chupao”. Que le trajese botes pequeños de toda clase de colores y pintura blanca en cantidad, para hacer las combinaciones de color que pedía el capitán para cada habitación y diferentes estancias del chalet. Pidió brochas, rasquetas, pinceles y demás herramientas que consideró necesarias para hacer su trabajo. Hasta un par de escaleras. Tenía que subir en ellas para pintar el techo y dijo que con una no bastaba.
El capitán le dijo que si le pintaba bien el chalet, cuando lo terminase le daría un mes de permiso. Le dio las llaves y le dijo que, a la mañana siguiente, tendría allí todo lo que había pedido. Que no fuese al cuartel hasta que terminase, y que ya le visitaría de vez en cuando, el capitán, para ver cómo lo iba haciendo.
Cuando volvió el capitán, pasados unos días, para ver como estaba quedando su chalet, se encontró que Jaime había mezclado todos los colores en un mismo cubo de pintura blanca, probando a ver qué color le saldría. Había ido añadiendo uno detrás del otro hasta quedarse sin botes de color. El color resultante de toda la mezcla de colores, era un color “merdis de niño”. Con ese color había comenzado a pintar varias habitaciones dejándolas un verdadero desastre.
Cuando el capitán vio lo mal que lo estaba haciendo, la “cataplasma” de chalet que le estaba dejando y la cantidad de pintura derramada por el suelo, le dio por insultarle y amenazarle con meterle en el calabozo para el resto de la mili. Jaime salió corriendo del chalet, del miedo que le daban los gritos y las amenazas del capitán y, cuando estaba cerca de la estación, se volvió, se dirigió al chalet y pidió dinero para el viaje, al capitán. ¿Cómo le recibiría el capitán?
De entrada, le dio el dinero para comprar el billete del trenet, se rió ante Jaime y le dijo:
-Mira, Jaime: te considero tan inocente como lo soy yo. Me quería ahorrar un dinero en la pintura de mi chalet, pero he caído en la trampa de mi inocencia. No te culpo de nada. Vete a tu casa para un mes. Te lo doy de permiso. Cuando vuelvas al cuartel, te mandaré a la cantera a picar piedra.
Jaime se pasó un mes de permiso y cuando se acercaba el día de incorporarse al cuartel, estaba preocupado porque tendría que ir a picar piedra a la cantera. Sin embargo, a pesar de que lo destinaron a la cantera, el Sargento Peña, como lo vio tan dispuesto y vivaz, le nombró responsable de preparar los barrenos que había que disparar.
Le asignaron un grupo de soldados a su cargo, le marcaron unos puntos donde tendrían que hacer los agujeros y, una vez hechos todos, tenían que llenarlos de cartuchos de pólvora y explotar los barrenos.
Todos los días, acudía Jaime, con dos soldados al comedor a por la caldereta de comida, su garrafa de vino y un porrón para que bebiesen los soldados. Comían el doble que en el cuartel, porque Jaime pedía para sus soldados más comida de la normal, porque estaban trabajando en la cantera, que era un trabajo muy duro. Pero los agujeros que perforaron en las piedras para los barrenos, costaron el triple del tiempo previsto.
Llegó el día de colocar los cartuchos de pólvora en los agujeros y Jaime los preparó con mimo y delicadamente. Bien montadas las mechas y con el nudo hecho para dejarlos caer y atascarlos, bien atascados, con un poco de tierra apretada encima.
Se refugiaron todos, hasta el Sargento Peña. Jaime les prendió fuego a todas las mechas. Salió corriendo y gritando a todas partes ¡Barreno!, ¡Barreno!, ¡Barreno! Se escondió donde estaba escondido el sargento Peña y esperó que explotasen todos los barrenos. Pasó un minuto, dos, tres, cuatro y hasta diez minutos. Allí no se oía ninguna explosión. Los barrenos que Jaime y su equipo de soldados habían agujereado, llenado de pólvora y prendido fuego, no explotaron.
El sargento Peña se salió del refugio y se acercó a los barrenos. Jaime le advertía que podrían explotar de un momento a otro y volaría el sargento por los aires. Pero como el tiempo de espera ya había transcurrido y allí no explotaba ningún barreno, se dedicó a escarbar en uno de los agujeros, sacó la tierra del agujero, los cartuchos y la mecha, unida al cartucho del fondo y comprobó que no había pistón. Entonces se dirigió a la caja de los pistones donde estaban todos los que habían sacado del polvorín. Jaime se había olvidado de poner pistones a la mecha que introdujo en el cartucho de cada barreno.
Siempre que venía a la peluquería para cortarse el pelo, le animábamos para que nos contase las fechorías que hizo en el cuartel.
Una de las veces, nos contó que, a consecuencia de que en el País Vasco había problemas de seguridad nacional, se habían llevado a todos los Guardias Civiles de la Cárcel Modelo de Valencia y los soldados de Paterna se hicieron cargo de la protección carcelaria.
Según las normas militares, para cumplir con la seguridad carcelaria en las garitas de los puestos de guardia, no se podían dormir estando de puesto, ni podían abandonar la garita hasta que el relevo de la guardia ocupase la garita en sustitución del guardia saliente. Tenían que dar, en voz alta el número de garita que ocupaba cada uno en el momento en que el cabo de guardia gritase “Centinela alerta”. Los que estaban en sus garitas, tenían que responder “Alerta el uno”, o “Alerta el dos”, según las garitas, pero por orden de menor a mayor y uno detrás de otro.
Cuando a Jaime le tocó hacer guardia en la garita, pasados unos quince minutos, el cabo de guardia gritó:
-“Centinela alerta”.
El soldado que ocupaba la primera garita, contestó:
-“Alerta el uno”.
El soldado de la segunda garita, contestó:
-“Alerta el dos”.
Jaime que ocupaba la garita tercera no contestó.
El cabo de guardia pensó que el soldado de la tercera garita se habría dormido y volvió a repetir:
-“Centinela alerta”.
Los otros centinelas contestaron sus respectivos “Alerta el uno y alerta el dos”, pero el tres no respondió tampoco.
El cabo hizo un gesto de duda, porque no era posible que el centinela de la garita tercera durmiese, después de los gritos de alerta que se habían cruzado, entre unos y otros. Además, el relevo de la guardia se había hecho hacía veinte minutos y la cosa resultaba un poco extraña.
Aún así, repitió por tercera vez el “Centinela Alerta” y recibió respuesta del uno y del dos, pero el tercero siguió sin contestar.
El cabo se dirigió al Puesto de Guardia y reclamó la presencia del Oficial, para que se hiciese cargo del centinela de la tercera garita, que, al no contestar, algo le habría podido ocurrir y había que averiguarlo.
El Oficial de Guardia se desplazó a la garita tercera y llamó al soldado Jaime que la ocupaba. Jaime contestó inmediatamente, con un:
-“¿Qué vol, tío?” (“¿Qué quiere, Tïo?”)
El Oficial le preguntó si le ocurría algo. Jaime le contestó que no le ocurría nada y siguió preguntándole al Oficial ¿qué es lo que quería? Pero el Oficial tomó una decisión rápida. Le ordenó que bajase de la garita inmediatamente.
Jaime le dijo al Oficial que él no bajaba de allí si no le hacían el relevo de la guardia. No iba a ser tan tonto que, por abandonar el puesto sin hacerle el relevo, lo arrestasen a él.
Entonces, el Oficial de guardia le mandó un soldado, le relevó del puesto y ya no lo volvieron a nombrar para hacer guardia, porque les complicaba la vida.
Todo esto nos lo contaba con sorna, pero a la vez con toda la sencillez del mundo. Por una parte parecía inocente, pero por contra demostraba que era “más pillo que bonito”. Uno no sabía a qué carta quedarse. De todas formas era muy divertido escucharle y comprender que de bueno que era, y sigue siéndolo, se hacía y se hace querer por todos los que le conocemos.
Un lunes, entró en mi peluquería y buscó el periódico “La Hoja del Lunes” de Valencia, semanal de la Asociación de la Prensa valenciana. Me acercó el periódico y me pidió que leyese el comentario que, sobre él, hacía el comentarista deportivo.
Nos sorprendió que hablasen de él, pero no era nada raro, por tratarse de un personaje tan simpático como era Jaime Martí.
Había jugado de portero en el Ribarroja CF durante varios años, y lo hacía muy bien. Yo me atrevería a decir que era un portero espectacular. Paraba balones difíciles de parar. Hacía piruetas delante de los delanteros que le acosaban con el balón y evitaba goles que hacían levantar a los espectadores del banco, aplaudiéndole a rabiar de emocionados.
Pero un día, nos comunicó que había fichado por el Villamarchante. Allí se lució como portero una buena temporada, pero como la afición era pobre, el club no podía pagar a sus jugadores lo estipulado. De vez en cuando fallaba algún jugador y el entrenador tenía que echar mano de los reservas.
Ese día, cuando nos visitó y me pidió que leyese lo que decía de él el comentarista, quedé sorprendido. Nada menos que, decía que “el delantero centro Martí, había driblado a varios jugadores del equipo contrario, hasta llegar frente al portero que estaba solo ante la portería, se paró el balón, hizo mención de chutar a puerta y, cuando el portero se tiró al suelo para pararlo, Martí le chutó por el otro costado de la portería marcándole un magnífico gol de la victoria”.
Me quedé mirándole y le pregunté:
-Jaime, tú juegas de portero y aquí dice que “el delantero centro Martí”. ¿Cómo se explica eso?
-Verás, Paco.- Me dijo. -Faltaban jugadores y el entrenador echó mano de los reservas y de alguno de los espectadores, porque no tenía suficientes. Entonces, yo me ofrecí para jugar de delantero centro, pero el entrenador no quería. Decía que yo era un buen portero y tenía que defender al equipo en la puerta, que era mi misión. Pero yo le respondí que de joven siempre había jugado de delantero centro, y lo hacía muy bien. Hasta que, una vez, jugué de portero en el Ribarroja, les gusté como lo hacía y me pusieron siempre a defender la puerta. Así que yo le dije al entrenador que si jugaba de delantero centro, ganaríamos seguro, porque nuestro portero no tendría casi trabajo durante todo el partido.
-Entonces, ¿fuiste tú el que engañó al portero y le metiste un gol magistral?- Le pregunté.
-Bueno, eso de engañar al portero no fue cosa mía. La verdad fue que, driblé a varios contrarios, me acerqué a la puerta del equipo contrario y, cuando estaba completamente sólo ante el portero, me paré el balón, cerré los ojos y chuté. Al abrir los ojos de nuevo, me di cuenta que el portero estaba en el suelo y el balón estaba todavía delante de mí, porque no le había acertado al chutar. Entonces, le toqué un poco, así de lado, y lo coloqué por la esquina contraria al portero.
FIN
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