EL TRILERO


El Trilero es un hombre casado y con una familia tan numerosa que preocuparía a cualquiera. Tiene muchos hijos e hijas, pero su manera de ser le ha permitido liberarse desde siempre, de la carga que supone darles de comer, preocuparse por su salud, vestirles calzarles o comprarles chucherías. Tampoco ha sido capaz de llevarles a la escuela, comprarles libros o llevarles a la piscina en verano o al parque a jugar.
El Trilero es un hombre especial, capaz de quedarse sólo con su mujer, mientras los hijos se los criaban varias familias de Ribarroja. A mi me parece que es un hombre muy listo. Creo que ha sabido utilizar la caridad a su favor, de manera abusiva. Las personas de bien se han volcado cariñosamente con sus hijos, les han cubierto las necesidades más elementales y también las complementarias. De manera que han sido, y siguen siendo felices en este pueblo que se llama Ribarroja del Turia.
¿Cómo se las ha arreglado? Lo ignoro. Además, nunca me he preocupado de averiguarlo, porque tampoco he colaborado con las personas que se hicieron cargo, en su día, de cada uno de sus hijos. La noticia de las adopciones sí que pasó por la peluquería, como simple comentario. A mi me extrañó el hecho en sí. No le veía una justificación, pero lo pasé por mi mente sin apenas darle importancia.
Creo que los conozco a todos, pero no por haberles atendido en mi peluquería pagando él la cuenta del servicio, sino los padres adoptivos. Cuando se han hecho mayores abonan ellos los servicios, como todo buen vecino. Para eso trabajan y se ganan la vida honradamente.
Al Trilero lo conocí muchos años después, cuando sus hijos ya se habian hecho mayores. Debo decir de él que es muy simpático y zalamero. Tenía una enfermedad que, según me dijo, era la gangrena. Le salían unas manchas muy raras por distintas partes del cuerpo y llegaron a cortarle un brazo. Después de aquello, ha vivido unos años en Madrid, en casa de una de sus hijas, según tengo entendido.
Cuando estas criaturas, hijos del Trilero han logrado ganarse la vida, creo que el padre se interesó por recuperarles. O ¿quizá serían los hijos los que se interesarían por volver con sus padres? No lo sé. De ser voluntad suya el poderles recuperar, sospecho que sería, entre otras cosas, porque ya no le iban a dar problemas económicos, ni de salud ni de cuidados paternos y maternos. Ellos siguen estando bien atendidos por los padres adoptivos o se han emancipado de ellos, pero no necesitan que los padres naturales les atiendan o cubran sus necesidades. Se valen por sí solos.
Si en alguna ocasión pasan dificultades de salud o de economía, recurren a sus tutores, que para eso están. Mientras los padres naturales creo que no se han desconectado nunca de sus hijos, por dos razones: primera, porque tenían claro que, cuando sus hijos se hiciesen mayores, podrían recuperarles sin tener que agradecer a los padres adoptivos, el bien recibido por sus hijos. Por lo cual, tenían que velar por ellos, sólo por el día de mañana. Les querían, como propios, sólo para cuando no les dieran problemas. En segundo lugar, porque los padres adoptivos, no solamente han cumplido grandemente con la crianza y en atender a las más elevadas necesidades de sus hijos adoptados, sino que también les han enseñado a visitar a sus padres naturales, a preocuparse por ellos y a quererles como tales. Los padres adoptivos han cumplido dos misiones: querer a sus hijos y educarles para que sean buenos, con todas las consecuencias, con sus progenitores.
Ignoro si hay papeles de por medio o si todo el “chanchullo” se hizo a la “Buena de Dios”.
Pienso que el Trilero ha logrado hacer una mala jugada a la caridad cristiana. Creo que no soy capaz de entender el grado de maldad que anida en esta persona. Sin embargo, no me pasa desapercibido el hecho de que, como decían los antiguos, “en este mundo todo se paga”.
Un día, estando cortándole el pelo a uno de sus nietos, Carmen mi mujer me preguntó ¿quién era la madre del niño? Su hija que estaba presente, le contó quienes eran sus padres. Hablamos de ellos y nos informó que vivían separados, el Trilero y su mujer.
A Carmen le extrañó que siendo tan mayores de edad, se hubiesen separado. Pero con toda la buena intención y sin querer meterme donde no me llaman, le dije a mi mujer que posiblemente fuera “una jugarreta”. Que “le estarían metiendo un gol al Ayuntamiento de Ribarroja”. La hija dejó pasar por alto mi ironía y no se quiso enterar de mis malas intenciones al asegurar yo que, así, con el truco de la separación, lograrían un piso más para albergar mejor a los hijos que viven con ellos.
Parece que mi intuición iba por buen camino, porque la última vez que hablé con el Trilero, me contó que estaba viviendo dentro de un coche viejo aparcado en un rincón del barrio Ciudad Jardín.
Me extrañó mucho que, con tantos hijos que tiene emancipados de sus padres adoptivos, que han formado sus propias familias y que todos trabajan y se ganan la vida como cualquier hijo de vecino de Ribarroja, ese padre esté viviendo dentro de un coche viejo.
Al mostrarle mi extrañeza, me dijo que “con cuatro pisos que les ha dado a sus hijos, no hay ninguno de ellos que lo quiera tener en su casa”. Eso sí, me contó que con la pensión que cobra, sólo tiene para comer y cubrir las necesidades más elementales. Pero que su hija, con la que había vivido hasta hace poco, no le quería cubrir los gastos de visitar a las “chicas guapas” de Valencia. Y como él creía que esos gastos eran de primera necesidad para él, y su hija no los quería cubrir, discutieron y lo echó a la calle.
No me extrañaría que el hombre se sirviese del dinero de su hija, de manera poco honrada, como ha vivido toda su vida, y “su hija, que es más buena que el pan bendito”, tuviese que cortar por lo sano, a su pesar.
Me pareció conveniente hacerle unas reflexiones. Quise dejarle claro dos cosas: primera, que no le hace falta ir a Valencia para consolarse en sus necesidades sexuales, porque si le falta un brazo, tiene el otro entero para ello. Y en segundo lugar, ya era hora de desarrollar su inteligencia y seguir engañando, hasta la muerte, a sus hijos queridos. Así que le conté el cuento de la “maza”. Se interesó por que se lo contase y me dispuse a ello.
“Cuentan, -le dije- que había un pobre viejo que, en su casa, sus hijos y sus nietos le iban arrinconando y dejándole de lado, hasta que un día le sacaron de su habitación y le destinaron a dormir en el desván con los trastos viejos, en un mísero camastro. Su pensión no cubría sus necesidades y acabaron sirviéndole las sobras de sus comidas, hasta hacerle pasar hambre.
Un día se lamentó de su malísima situación familiar, contándoselo a otro viejo que se reunía con él en el parque. El viejo amigo le contó el cuento de la “maza” y él se ilusionó en poner en práctica la lección que el cuento albergaba.
A todas las personas que acudían al parque, les fue pidiendo una peseta. Con las pesetas que fue recaudando, se dedicó a dejarlas caer una tras otra, en una cajita metálica. Naturalmente, los nietos llegaron a escuchar el ruidito que hacían las pesetitas al caer y, en voz baja, pero no tanto para que le oyesen, el abuelo las iba contando. Como la puerta del desván estaba cerrada, no se daban cuenta del engaño que les hacía.
Cuando se le terminaban, las volvía a coger y las dejaba caer de nuevo. Sin embargo, la cuenta iba subiendo, no la comenzaba de nuevo, porque la unía a la cuenta anterior. De tal manera que, si tenía ciento cincuenta pesetas, al terminar de dejarlas caer en la cajita por segunda vez, ya iba por las trescientas. Así, cada vez que recontaba las pesetas y seguía la cuenta, ésta se acumulaba hasta llegar a los miles y miles de pesetas que el hombre contaba.
Los nietos se chivaron a los padres y los padres llegaron a preguntarle al abuelo: ¿si tenía mucho dinero?
(Como este cuento nació en valenciano, ha llegado el momento de traducir a este idioma la palabra “maza”. Así que le llamaremos “masa”). Esta herramienta figuraba entre los trastos del diván y el abuelo la guardó dentro de la caja metálica.
Así que, cuando le preguntaban si tenía dinero, él les contestaba que:
-Masa. (Demasiado).
Aquellas respuestas crearon inquietud en la familia, y tanto les preocupó el hecho, que decidieron bajar al abuelo a su propia habitación e instalarlo en su antigua cama de toda la vida. Además, le sirvieron comidas buenas, cocinadas ex profeso y sabrosamente condimentadas.
Cuando falleció el abuelo, abrieron la caja, cuya llave él había guardado celosamente hasta entonces, y se encontraron aquel montoncito ridículo de pesetitas, una maza y una nota que decía:
-“Al que testament en vida fasa, que li asclafen el cap en esta masa”. “(Al que testamento en vida haga, que le rompan la cabeza con esta maza”).
Con ello le insinué que podía seguir engañando a sus hijos, al pueblo de Ribarroja y a las autoridades que juegan a permitir abusos de esta índole.
Por eso pienso en aquel piropo que los albañiles lanzaban a las chicas cuyos andares e indumentaria causaban algo de provocación. Decía así:
-“¡Nena! ¡Entre lo que se te ve y lo que se te adivina, menudo tormento para la imaginación!”
Y se me representa él:
“¡Trilero!, Entre lo que sabemos de ti y lo que creemos que serías capaz de hacer, menudo trilero para esta población”.
FIN

Comentarios

Entradas populares de este blog

EL TREN

PERSONAJES DE LA CALLE

Ofrenda al Rio Turia