LA CABRA
Juanito tenía siete años y su infancia había transcurrido sin pena ni gloria. Hasta los seis años, le habían dado de comer en el Auxilio Social por faltarle el padre que les mantuviese. Era un niño solitario que se paseaba por el pueblo mientras su madre, Concha, se dedicaba a coser por encargo, a domicilio. Los días alternos, visitaba en la cárcel Modelo de Valencia, a su marido. Tenía que traerle algo de comida, porque allí se pasaba mucha hambre y algunos presos morían por no comer bastante. Juanito tenía una hermana, Conchín, cuatro años mayor y un hermano, Vicente, veinte meses mayor que él. Trabajaban en casa de los Soriano, de criadita y de aprendiz de serrería, respectivamente.
Cuando hacía mal tiempo, por las noches, Juanito se cogía de la falda del delantal de su madre y se chupaba el dedo gordo, a falta de chupete. Con ello se sentía seguro ante el frío, los truenos o las lluvias. Pero llegó un día que su seguridad se desvaneció. Su puesto de hijo menor y protegido, fue ocupado por su padre que había salido de la cárcel.
A partir de ese día, tenía que ir a la escuela y empezar a aprender a leer y escribir. Por las noches tenía que hacer los deberes con la ayuda de su padre.
Sus padres le encargaron un hermanito, Tonín, y éste no faltó a la cita. La madre cayó enferma al dar a luz y no pudo dar el pecho al recién nacido. María, la de la Cueva de San Roque, que acababa de dar a luz un hijo, era amiga de Concha y se ofreció para dar de mamar a los dos, un pecho para cada uno. Pero cuando destetaron a su hermanito y su madre mejoró, Juanito se tuvo que hacer cargo de cuidarle, mientras todos trabajaban. Pero Tonín no le daba mucho trabajo, porque era muy buen chico. Además, la madre le relevaba para alimentarle y limpiarle. Mientras tanto Juanito se sentía libre y podía escaparse de casa. ¡No te vayas muy lejos!, le advertía su madre. Cuando Tonín ya estaba limpio y alimentado debía hacerse cargo otra vez del niño. Juanito no podía irse a jugar.
Los niños de su edad, jugaban cuando salían del colegio, porque no tenían un hermanito que cuidar. Pero Juanito, que mientras su padre estaba en la cárcel no iba a la escuela ni tenía un hermanito pequeño que atender, ahora, tenía que hacer doblete. Colegio y “canguro”. Así transcurrieron tres años y la familia volvió a aumentar. Sus padres que habían encargado una niña, Amparín, nació cuando Juanito cumplía los diez añitos. Su madre cayó enferma, otra vez, y tampoco pudo dar el pecho a la recién nacida. Pero la amiga María, que acababa de dar a luz una hija, se ofreció a dar de mamar a las dos niñas.
Cuando las destetaron y mejoró la madre, Juanito estaba de nuevo al servicio de la pequeña. Tonín no necesitaba tanto de los cuidados y atenciones de Juanito, porque al tener al padre en casa, su madre podía vigilarle. Pero allí estaba la pequeñita Amparín que le reclamaba. Se portaba muy bien, al igual que su hermanito Tonín, pero Juanito no podía jugar por faltarle tiempo libre para ello. Si los siete años de su primera infancia los había pasado sin pena ni gloria, después, casi enfermó de tantas obligaciones.
Amparín crecía y Juanito podía montársela arriba de los hombros, cantar “arre caballito”, y salir a jugar con los amigos de su edad por todo el barrio. No todo el tiempo que él desearía, pero por lo menos hacía sus pequeñas escapadas. En alguna de esas escapadas, se tenía que dejar el juego y acudir a casa con la niña, porque la madre le había marcado una hora de regreso para atender a Amparín, o porque ésta se había ensuciado. Eso de tener que atender a los pequeños de la casa, se hacía muy duro para Juanito. Pero él lo soportaba con resignación, porque se trataba de sus hermanos más indefensos y no los podía compartir con sus otros hermanos mayores, porque bastante tenían con ir a trabajar los días enteros. Su amor por ellos, le compensaba de su privación de jugar. No se lo pasaba tan mal como parece. Se sentía feliz, y ellos también se lo pasaban bien en su compañía.
Cambiaron de vivienda, dos veces en medio año. Amparín se hizo algo mayor, e iba necesitando menos cuidados de su hermano. Casi se valía sola. Hasta tal punto que, estando jugando en la calle, mientras la madre y las vecinas cosían tomando el sol, un pavo de los que tenía el “Tío Chuano el del Clot”, que se criaban sueltos por la calle, se le acercó y le dio un picotazo a Amparín, se le llevó un trocito de aleta de la nariz y las mujeres que lo vieron, corrieron detrás del pavo y le acorralaron entre todas. El pavo se asustó y dejó caer el trocito de nariz en el suelo. Lo recogieron, lo limpiaron en el delantal, se lo colocaron de nuevo en la nariz y, a continuación, le colocaron un esparadrapo sujetándoselo bien. Unos días después, le cayó el esparadrapo y el trocito de nariz se había unido bien. Amparín, que ya ha cumplido los sesenta años, no tiene cicatriz en la nariz. La tiene completamente entera y perfecta.
Pero a Juanito le aguardaba una sorpresa. Su padre, le compró una cabra pequeña y le encargó que la sacase todos los días para que comiese suficiente broza para crecer y dar leche para la familia. Los niños necesitaban leche para crecer y la economía familiar no permitía comprarla, por lo cara que estaba. El padre pensó que comprando la cabra, hacía una buena inversión. Indudablemente que si la cabra no hacía ningún gasto y producía leche para todos, el único que “pagaba el pato” era Juanito. Pero había que ocuparlo en algo.
La madre, todas las mañanas ordeñaba la cabra y preparaba el desayuno de la familia, con leche, sin gastarse ni una peseta con ella. Si algún día no podía sacar la cabra a pastar, porque hacía muy mal tiempo, tenía que apañárselas de manera que no le faltase comida a la cabra. Ella tenía que comer todos los días. Juanito tenía la precaución de almacenar pienso para la cabra. Eso sí, cumpliendo las órdenes de su padre.
La cabra de Juanito tenía que conocer la maternidad. Un día, por encargo de su padre, fue llevada al cabrón que la montó y la dejó preñada. De aquella fiesta cabrera nació un cabrito, muy gracioso que hizo felices a toda la familia. A Juanito le aumentó el trabajo. No sólo tenía que llevar a pastar a su cabra, que se había hecho grande, sino que también al cabrito. Sin embargo, el cabrito no crecía como tenía que crecer. Se quedó enano y, además, tenía un problema de micción. Cada vez que tenía que orinar, se paraba e iba soltando un chorrito más fino que el proporcionado por el aforo de agua potable. Es decir, tan fino que no se veía a simple vista. Este acto duraba a veces más de quince minutos. Debía tener alguna enfermedad, pero, en lugar de buscar al veterinario, la familia tomó la medida más radical. Decidieron matarle la víspera de Navidad. La familia reunida, se contuvo las lágrimas y fue degollado por la madre. Lo pelaron, lo trocearon, lo cocinaron y se lo comieron con sentimiento de culpa. Sintieron su muerte. Habían llegado a quererle como miembro de la familia, pero hubo que sacrificarle.
Un día del mes de septiembre de 1949, los padres tenían que viajar a Valencia, para hacer los trámites para el libro de “Familia numerosa”. Como amenazaba el mal tiempo, su padre le encargó, la noche anterior, que bajase a la rambla de la botaya y segase un buen fardo de plantas de boniatos del campo propio.
Cuando volvió del colegio, nublado y amenazando el mal tiempo, cogió el gran capazo y la hoz, se bajó a la rambla por el caminito de la Masía del Plater y por delante del molino, llegó al campo del padre, junto al río. Segó muchas plantas de boniatos, se las cargó a la espalda y subió, como de costumbre, por el matadero llegó a la Masía de Plater. Se sentó a descansar porque se había fatigado mucho. En ese momento, comenzaron a caer unas gotas de agua como monedas de cobre de diez céntimos, de la época de la república. Muy cansado del esfuerzo realizado, con la carga cuesta arriba, llegó por la calle de las Eras Altas a su casa lloviendo abundantemente. En cuestión de tres minutos se había formado una gran tormenta de agua y viento que amenazaba con derribar las casas del vecindario.
Cuando entró en casa, sus dos hermanos mayores, que se habían quedado para cuidar a los pequeños, ya se habían puesto a sacar con los cubos a rastras, el agua de dentro de la casa y lanzándola por la puerta de detrás hacia el corral. La fuerza del agua venía dando fuerte en la parte de la fachada, entrando por las rendijas de la puerta. Por lo visto no encajaba bien sobre las brancadas.
Media hora después de subir Juanito de la rambla, el río ya había crecido por arriba del puente saliéndose de su cauce, bajando en forma de montaña de agua. Aquel día la comida de la cabra estuvo a punto de costarle la vida a nuestro amiguito.
Cuando cesó la tormenta, muchos vecinos se asomaron a ver el río que estaba aumentado tanto que las aguas sobrepasaban el puente. Desde allí veían como un rebaño de ovejas, con su pastor a la cabeza y con agua por las rodillas, cruzaba el puente desde la orilla opuesta.
Ese día el tren no vino de Valencia y los padres se tuvieron que quedar, como todos los demás viajeros, a pasar la noche en Valencia. La tormenta fue inmensa. Por la noche volvió a “llover a cántaros” y el río Turia se salió de su cauce de nuevo, como tantas otras veces. La riada fue tan inmensa que, unos días después, cuando Juanito bajó de nuevo a la rambla con su cabra, no la conocía. Había troncos de árboles embarrerados, básculas de pesar sacos, animales muertos, aperos de labranza y un sinfín de objetos arrastrados desde los pueblos de arriba. Villamarchante, Pedralba, etc. habían sido desmantelados de toda clase de enseres.
Cuando Juanito cumplió los doce años, ya no vivían en la calle de las Eras altas, sino en la calle del Muelle de la Estación, entre la vía del ferrocarril y la carretera de Villamarchante, en una casita de sus abuelos maternos que estaba pegada al barranco de las monjas. La cabra se quedaba atada a un olivo que había detrás de la casita. Como allí había mucha broza, comía sin tener que sacarla a pastar, porque a la cadena le habían añadido una cuerda larga para que recorriera más espacio. Además, la familia se cuidaba de darle de comer sin soltarle del olivo.
Un sábado por la tarde, Juanito fue conducido por su padre, al taller de bicicletas de José Taberner, situado junto a la estación. Le invitó a elegir una bicicleta de tamaño cadete, nueva a estrenar. Su precio era de dos mil pesetas, si se abonaba al contado. Pero se la compró para pagarla a plazos, a cien pesetas al mes, durante dos años.
Juanito no sabía montarla pero su padre le enseñó un poco, esa misma tarde y un mucho durante toda la mañana del domingo. ¿Motivos? Le habían buscado ocupación a Juanito porque ya no tenía que cuidar a sus hermanitos ni sacar la cabra a pastar. Habían hablado con su primo Antonio, de Manises, y en la fábrica donde éste trabajaba, le buscó empleo como ayudante de platero. El mismo lunes, con su flamante bicicleta marca BH, de color amarillo, salió Juanito camino de Manises a trabajar. Pedaleaba casi el doble que los demás, porque su bicicleta era más pequeña. Además, se cayó al suelo muchas veces, por no poderla dominar, pero se levantaba del suelo y continuaba pedaleando deprisa para alcanzar a los otros ciclistas. Cuando llegó a Manises, empezó la jornada de trabajo que se le hizo muy pesada. Por la tarde, subió en su bicicleta y regresó a Ribarroja, más cansado que si hubiese dado la vuelta a España. Aquello era muy duro, pero había que adaptarse a los nuevos tiempos. Ya no era un niño.
Juanito no sacaba su cabra a pastar, pero todos los días, antes de salir de casa se tomaba el desayuno de sopas, como toda la familia, con leche de cabra que dicen que es más fuerte que la de vaca y alimenta mejor. La cabra formaba parte de la familia. Tenía unas ubres enormes y daba mucha leche. Pero un día, su padre anunció que tenían que decidir si venderla o no. ¿A santo de qué, habían de venderla? Todos la querían mantener. Además, les proporcionaba la leche de todos los días, sin tenerse que gastar dinero ninguno. ¿Cómo se le había ocurrido tal desatino a su padre? ¿Estaba loco, o qué?
El Tío Vicent, después de escucharles, dijo que no pasaba nada, que se la habían pedido y él quería saber qué opinaba su familia.
-¿Quién te la ha pedido? -Le preguntó Concha, su mujer.
-Me la ha pedido Antonio el de la Chufa. Dice que tiene su hijo enfermo y sólo se puede curar, si le alimentan con leche de cabra. Por eso me ha pedido que se le venda.
-Si eso es verdad, que se la lleve. ¡Se la regalamos!- Dijeron todos a la vez.
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